Los primeros rayos de luz iluminaban los veintisiete metros cuadrados en los que había pasado el verano. Era demasiado temprano para que hiciera calor. Podría sacar un taburete a la calle, sentarse y disfrutar del fresco y del silencio que en un par de horas desaparecerían.
Llevaba sesenta y cuatro días allí. Lejos de sus hijos, de su marido, de sus padres, de sus hermanos, de sus sobrinos. Sesenta y cuatro días vaciando aquel local, arrancando estanterías torcidas, limpiando mugre, pintando paredes, cortando, lijando, ensamblando, barnizando. Antes de eso había recibido el finiquito, lo había sacado del banco y lo había gastado en aquel minúsculo local lleno de cachivaches.
Por las noches, cuando regresaba a casa preguntaba a ChatGPT cómo aprovechar mejor el espacio. A la mañana siguiente volvía a medir, deshacía y hacía de nuevo. Tenían que caber un banco de trabajo, la lijadora, la fresadora, una zona de secado, un espacio para recibir el material y un lugar donde exponer los muebles. Ningún día le parecía imposible, pero cada día sentía la tristeza de no estar. De perderse la pleamar para cruzar la ría, de instalarse en la playa y extenderse como una tribu con sombrillas y sillas frente al mar, los paseos con sus sobrinas sorteando las algas, recogiendo conchas, los juegos de palas antes del baño, caminar hasta el faro, las larguísimas jornadas juntos hasta que entraba la noche.
Pero ella se había convertido en un rinoceronte. Así que terminó de clavar el tablón. No era una idea loca, ni siquiera era una idea brillante. Era su idea. Cuando llegara septiembre, el mes en el que enraizan todos los propósitos, unos desecharían cómodas, estanterías, cabeceros; otros los necesitarían.
Acabado el verano, las máquinas tenían al fin su sitio. Las herramientas presumían en la pared. Los barnices se alineaban en la estantería. Las lijas colgaban clasificadas por gramaje. En un rincón esperaba una vieja cómoda.
Pensó en los días que no había pasado con sus hijos. En los días que no había pasado con todos los que le importaban. Había sido un verano de mierda. Había sido el verano en el que el rinoceronte deja atrás un bosque de cenizas y se convierte en ebanista.
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© Myriam Sayalero
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