Aún escuchaba las voces de su esposo y de sus cuatro hijos jurando que volverían, incluso veía sus siluetas a lomos de sus caballos acercándose al horizonte, alejándose tanto de ella que apenas distinguía ya quién era quién.
Desde el mirador de la almena el aire gélido de ese largo invierno parecía arañarle la piel. Los sillares de piedra languidecían bajo la escarcha y de las chimeneas ya no brotaba el humo blanco de la leña calentando el hogar. En el patio mudo y huérfano crecía un lamento que se apoderaba de ella como las malas hierbas: cuando los hombres fueron a la guerra no debieron prometer que volverían. Ahora entendía que aquel juramento había sostenido los muros de la fortaleza para que no se derrumbaran y pudieran soportar el largo y lento paso de los días de frío, sequía y esperanza. O quizá era un hilo tan fuerte como invisible que unía a sus cinco varones con el hogar, un hilo que les ayudaría a regresar, como el trazado invisible que siguen las palomas mensajeras.
Quedaban cuatro sirvientas, sujetas por la misma lealtad que la sostenía a ella. Una especie de trueque entre los cuidados que le brindaban y su fe rotunda en que la guerra terminaría y los hombres regresarían junto a sus esposas. Acarició el damasco raído de su vestido; apenas aguantaría hasta la primavera y le pareció un augurio de su propio destino.
Antes de sentirse débil, antes de que desapareciera el último animal y se secara el último árbol, antes de que se quebrara su fe, ordenó a una sirvienta que preparara los caballos. Al amanecer se dirigieron hacia el horizonte, alejándose tanto que apenas se distinguía quién era quién.
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© Myriam Sayalero
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