Solamente

La tutora le preguntó si estaba bien.

No estaba bien, pero tampoco mal. Estar mal era tener fiebre, dolor de estómago o de garganta, ni siquiera torcerse un tobillo era estar mal. Se sentía triste, sin más, y esa tristeza lo abarcaba todo como un eclipse. Así que encogió los hombros.

La tutora también le preguntó si estaba en peligro.

Estar en peligro es una casa ardiendo. Un precipicio. Un arma apuntándote. Un tren descarrilando. Un desconocido esperando detrás de una esquina.

Ella solamente se despertaba de madrugada al escuchar las discusiones en casa, se sobresaltaba con el ruido de las llaves estallando contra el recibidor o esperaba demasiado tiempo hasta que la recogían a la salida del instituto. Nada de eso era estar en peligro.

Así que respondió que no. Y la tutora la dejó salir del aula.

Cuando sus padres se separaron llegaron las maletas, los días repartidos, las casas duplicadas; empezó a pertenecer a dos familias y a ninguna.

Una noche salió a caminar. Al doblar una esquina vio a un hombre detrás de ella. Aceleró. Él también. Cruzó de acera. Él también. Aunque a su alrededor brillaban ventanas encendidas y alguna televisión, estaba sola. Los pasos seguían acercándose. El corazón le martilleó el pecho. Echó a correr. De su garganta brotó un grito, un puño que subía desde el estómago, imparable hasta que una puerta se abrió y alguien salió a la calle.

—¿Estás bien? ¿Estás en peligro?

______________________

______________________

© Myriam Sayalero

Todos los derechos reservados. No está permitida su reproducción parcial ni total, por ningún medio, sin el consentimiento por escrito de Myriam Sayalero.

www.myriamsayalero.com

Compartir