Cuna

Soñaba con proyectar, calcular y diseñar casas que algún día se habitarían. Por suerte, su novio ya vivía en ese lugar que ella apenas planteaba en el plano. Pero la suerte desaparece sin avisar. Así que su apellido, que abría puertas y veranos en calas privadas, le dio un portazo cuando ella le enseñó la prueba de embarazo. Aquellas dos líneas eran un error que no le pertenecía.

Y ella no podía volver a casa, el hogar del esfuerzo y de las hormigas, a explicar que su futuro perfecto se había derrumbado.

Se acordó de su amigo de la infancia, el que, pasara lo que pasara, la ayudaba siempre. Y él entró en aquel desastre dispuesto a quedarse.

Bastó con presentarse agarrado a su mano y decir a sus padres que haría todo lo necesario para que tantos años de sacrificio no hubieran sido en vano.

Pero el amor no se finge, la vergüenza no se esconde y ella anhelaba el mundo del que había sido expulsada. No poder volver a él alimentaba el desprecio hacia la vida sencilla.

Él no olía a Hermés, no le hablaba de todo lo que algún día alcanzaría, simplemente estaba. Olía a hierro y sus manos estropeadas le llevaban un vaso de leche cuando ella estudiaba.

Un sábado él llegó con una pequeña quemadura en la muñeca y restos de viruta prendidos en el jersey. Le pidió que cerrara los ojos y cuando los abrió le mostró la cuna que había construido.

Una estructura de hierro ligera, de líneas sencillas, con las soldaduras pulidas como una caricia. En uno de los laterales había doblado las barras para formar unas montañas y, sobre ellas, descansaba una luna diminuta.

Ella pasó los dedos por el metal. Imaginó las horas, las chispas saltando en la oscuridad del taller, aquellas manos ásperas midiendo, cortando, soldando y volviendo a empezar para que todo encajara.

Dejó de anhelar el lugar al que nunca había pertenecido, y esta vez vio al hombre que estaba construyendo su hogar.

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© Myriam Sayalero

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