Tiempo

No sabía si había nacido con ellas o si las encontró cuando era niño, un maná de soluciones que desbordaban sus bolsillos, el cajón de su escritorio, el maletero del coche… Siempre había una solución esperando a salir de la chistera y eso creó un mundo donde todo era posible, solo había que encontrar la forma. En ocasiones esta se escondía bajo papeleos que hubieran desanimado a cualquiera, pero él encontraba la brújula que lo guiaba entre formularios y ventanillas; o se escapaba en el suspenso de su hijo y podía transformarlo en notable con dedicación y esfuerzo; se agazapaba entre la nieve que bloqueaba las carreteras, ponía las cadenas sin guantes y sorteaba los obstáculos hasta llegar a la estación. Era tan reconfortante encontrar soluciones que en alguna ocasión incluso inventaba problemas.

Pero su hijo ahora tenía roto el corazón, y no había camino, montaña, país, ni idiomaque pudieran curarlo. Encerrado en su habitación, en su mente inexpugnable, permanecía inmune a sus trucos de magia, incapaces de desvelar una solución.

Solo el tiempo, acumulando un día con otro, podría ayudarlo. Y el tiempo transcurre asu ritmo, no puedes acelerarlo, no puedes pararlo, no puedes nada. Lo gobierna todo, esconde las soluciones y las muestra cuando quiere, cuando han pasado los días, los meses suficientes, los necesarios. 

Era su talón de Aquiles, su criptonita: que la solución que había encontrado era no solucionar él, sino que se encargara el tiempo. Mientras tanto, solo podía abrir la puerta de la habitación y esperar.

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© Myriam Sayalero

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