Vivía en un mar en calma, un mar plano como un espejo que reflejaba un cielo gris; un lugar sin viento que inflara sus pulmones para avanzar. Llevaba demasiado tiempo esperando un vendaval que lo llevara al siguiente nivel. Ansiaba su gran oportunidad, seguro de que esta surgiría para llevarlo mar adentro cuando menos lo esperara.
Sin embargo, aunque diseñaba barcos que cruzaban océanos, su ascenso se encontraba tan lejos e inalcanzable como la línea del horizonte. Vivía varado, viendo a sus compañeros zarpar rumbo a los astilleros, a defender proyectos ante las navieras, regresando como marineros que hubieran encontrado tierra tras meses en alta mar. Aun así, cada año ignoraba los programas de formación, los intercambios con otras filiales. Dejó pasar la propuesta de coordinar un pequeño equipo de ingenieros, la ocasión de supervisar la construcción de un buque, y tantas otras.
Pensaba que la oportunidad que esperaba era una ola gigantesca imposible de ignorar, capaz de llevarlo a lo más alto a lomos de su espuma; tardó años en comprender que las oportunidades son gotas de agua que pueden perderse sin más o llegar a formar un océano, y solo cuando entendió esto entró sin llamar al despacho de su jefe para incorporarse a un nuevo proyecto, cualquiera, con tal de avanzar.
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© Myriam Sayalero
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