Ella no lo sabía, pero se había convertido en una madre imprescindible. Tanto como las ventanas abiertas a primera hora de la mañana, las plantas medicinales o las respuestas. Pensaba que el día funcionaba gracias al mecanismo invariable de las horas, y que por eso las personas y las cosas orbitaban en armonía.
Se había transformado en un carillón. Sin ella llegarían tarde, no recordarían dónde estaba el pijama, si el melón sentaba mal al cenar, ni siquiera sabrían qué era primero si dejar entrar o salir. La noche sería un alargado espacio lleno de actividad intempestiva que engendraría un aletargado, torpe y malhumorado despertar a las cuatro de la tarde.
Sus días transcurrían anunciando órdenes que vibraban con el primer cuarto, el segundo, el tercero, organizando el tiempo con instrucciones precisas hasta dar la hora. Trae, lleva, sube, baja, quita, pon, apaga, enciende, abre, cierra.
Antes que carillón, hubiera preferido ser escapista, elegir el momento del que irte y el destino en el que estar. ¿Podría ella elegir también? Había relojes de sol, de arena, de agua, astronómicos, de cuco, de estación, de torre, de bolsillo, de pulsera… Esa tarde, una tarde cualquiera de entre muchas idénticas, una tarde en la que no se paró el tiempo ni se hundió una isla, se compró un reloj pequeño, dorado y ligero, y aunque refrescaba se arremangó antes de echar a andar.
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© Myriam Sayalero
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