Ciento ochenta y siete

Allí estaba ella, en la soledad de su cuarto, arropada por la penumbra fría de la lamparita, deslizando el dedo por la pantalla como quien mira una fiesta a la que no han invitado. Repasaba todos los post que había ido subiendo día a día, fotos espontáneas del viento revoloteando en su falda, fotos del helado derritiéndose en el suelo, fotos del caluroso día que le desdibujó el rímel en un manchurrón. Fotos preparadas con sus amigas brindando por el fin de curso, con su padre montando la tienda de campaña, fotos de su habitación ordenada como en una portada de revista. También había algunas espontáneas robadas al paisaje, a la calle llena de gente, a la calle llena de lluvia.

Aquello se resumía en una cifra de seguidores tan insignificante que se sintió ridícula.

Recordó con frustración su constancia, sus tardes sin salir para aprender a manejar las aplicaciones de edición, sus ahorros gastados en aquel kit de principiante para parecer profesional.  Suspiró y se dio media vuelta sobre la cama. Lo dejaba, por imposible y porque era una tontería seguir así.

Perdió las tardes siguientes haciendo nada y no se sintió mejor. Hasta que cayó en la cuenta de que había ciento ochenta y siete personas que veían lo que publicaba, un auditorio repleto de gente que se levantaba temprano, esperaba el autobús, tenía sus sueños y sus ocupaciones, una vida, y aun así durante unos segundos, le regalaban su atención.

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© Myriam Sayalero

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