La primera vez que le comentó que aquel pantalón no le favorecía ella se rio como una campanilla.
—Que conste que no te he preguntado —bromeó mientras se lo quitaba—, pero me fiaré de ti, tienes buen gusto.
Quizá le marcaba demasiado las caderas, así que en la siguiente ocasión lo descartó sin ni siquiera ponérselo, hasta que los días lo fueron escondiendo en el fondo del armario.
—¿Todavía estás con eso? —le preguntó medio sonriente una tarde.
—Me tiene enganchada —confesó ella despegando brevemente su nariz de entre las páginas.
Él tomó la novela entre las manos, leyó la contraportada y lo dejó en el brazo del sofá después de darle un beso. Esa noche le dejó un libro en su mesilla.
—Te va a encantar —le aseguró, cuando, en lugar de su libro, ella encontró un ensayo sobre filosofía.
La novela se olvidó en un cajón, junto a unos pendientes que le regaló su madre y el último perfume que compró antes de que él empezara a elegirlos. Cuántas cosas que habían dejado de ser suyas acabaron en el arcón de la cama. Como los martes de chicas que siempre coincidían con cenas románticas; los estrenos de cine con su hermana, para los que ya no había tiempo; o las largas llamadas con su mejor amiga.
Las cosas fueron entrando en orden, creando una vida que ella había elegido con tantas renuncias que se sentía hueca.
Una tarde, en una cena, alguien le preguntó qué haría el próximo verano.
Él dejó los cubiertos sobre el plato y la miró esperando que le pasara la palabra.
Ella se irguió en la silla, sus manos acariciaron el mantel. —Haré una sustitución —dijo sin mirarle—. Vuelvo al trabajo.
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© Myriam Sayalero
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