Volvió a sentir esas ganas de alejarse un paso atrás, de estrechar la apertura de la blusa con la punta de los dedos, de inventarse una llamada repentina y desaparecer de inmediato. Era una sensación incómoda que se alojaba en su garganta, formando un nudo tan denso que ni pasaba el aire. Odiaba las cenas de empresa en las que fingía no enterarse mientras dentro de ella crecía una bestia a la que debía sujetar para no mandar a más de uno a tomar por culo.
Había trece mujeres que en realidad eran dos, las que jugaban y las que disimulaban. Había diecisiete hombres, que en realidad eran dos, los que respetaban las reglas y los que no. Esto llevaba así desde los siglos de los siglos y era agotador, a veces indignante.
Ella no jugaba. Amaba demasiado su trabajo como para irse, a sabiendas además de que en todas las casas cuecen habas, así que procuraba que aquello no ocupara más espacio del necesario. Programar era otra cosa. Allí los códigos servían para algo. Fuera de la pantalla, en cambio, cualquiera podía saltárselos.
El de sistemas dejó su copa vacía en la bandeja del camarero, cogió otra y enfiló hacia ella con una sonrisa blanda. Para librarse de él se unió a los de soporte antes de que estuviera demasiado cerca. Rápida y sutil, pensó mientras por el rabillo del ojo le veía desviarse hacia cualquiera.
Tras veinte minutos de conversación siguió con ganas de irse, así que se despidió y salió del restaurante. No se veían estrellas, sujetó el bolso bajo la axila y echó a andar por las calles vacías.
A varias manzanas de casa oyó un coche acercándose, no la adelantó, se mantuvo detrás hasta que se puso a su altura, avanzando a la velocidad de sus pasos. No quiso mirar, aceleró y el coche también. Sabía que no debía correr.
Se detuvo en seco, giró cuarenta y cinco grados, miró de frente al conductor y con las manos en jarras sacó a la bestia en un grito salvaje.
¡¿Qué cojones te pasa?!
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© Myriam Sayalero
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