Cambio de marcha

Cerró la puerta del coche y arrancó sin respirar. Quiso asegurarse de que la veía sonreír y buscó su ventana en el cuarto piso. Allí estaba su niña, diciéndole adiós con su mano llena de anillos. Tenía por delante el calendario académico, nuevas amistades, nueva ella. Ahora su casa sería una residencia donde cientos de jóvenes empezaban otro yo.

Dejó la ciudad atrás, fijó la velocidad en 113 kilómetros por hora y perdió la mirada en la línea discontinua que salpicaba la carretera. Quería llegar a casa y descansar de esos días intensos de mudanza en los que las prisas le habían ayudado a no darse cuenta de lo que ocurría, anestesiando la tristeza, postergándola hasta el momento en que brotara como el agua que se filtra por una presa antes de reventarla. Simplemente no quería llegar a casa y comprobar que su hija no estaba.

Deseaba abrazar a su marido, hablarle de las ramas huérfanas en invierno, de la marea baja que desnuda la playa, del viento del sur que vacía las calles, de los días que ahora perderían su rutina, dejando tardes enteras para hacer qué.

Para hacer qué era la puerta de una vida que ya no existía, vaya tontería quedarse el resto de su vida frente a ella, nostálgica y embobada.

Para hacer qué también era la puerta de algo nuevo, y estaba claro que no le quedaba otra más que abrirla.

Eran las nueve y aún faltaban algo más de 100 kilómetros para llegar a casa. Aburrida quitó la velocidad crucero y pisó el acelerador, acarició el volante antes de enroscar sus dedos en él para sujetarlo con firmeza, desaceleró al entrar en las curvas, bajó y subió las marchas, atenta a la sorda música del motor. Por Dios, ¡había olvidado cuánto le gustaba conducir!

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© Myriam Sayalero

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