Hay acontecimientos que llegan sin avisar, aunque quizá estuvieron llegando desde antes, acumulándose, y de pronto se dejan ver, trastocando el orden de las cosas. Así era la decisión que debía tomar, una criatura que había ido creciendo silenciosa y ahora le reclamaba. Llevaba dejándolo para después desde que empezó ese calor que le robaba el oxígeno y le empapaba la ropa. Para colmo, una sigilosa plaga de hormigas había invadido su casa, rodeando las habitaciones en una fila tan estrecha como una cremallera.
Y sabía, porque lo sabía, que hasta que no acabara con ellas sería incapaz de concentrarse en lo importante… Esas hormigas, persistentes y tenaces entrando y saliendo, desde el salón hasta la cocina, pasaban por el baño, se escondían detrás del lavabo y emergían entre la junta de las baldosas. Anunciaban lluvia, pero no acababa de llover, y sabía, bien lo sabía, que solo entonces se irían.
Cuando se convencía de una decisión iba hacia el teléfono para informar, pero ahí aparecían ellas, idénticas e infinitas. Disparaba el spray, rociaba la minúscula entrada, las veía correr y perecer, y para cuando todo parecía en orden, volvían. Fue en la mañana del quinto día cuando el aire empezó a moverse, fresco y cargado de olor a mojado. Se despertó, pisó un suelo limpio y desnudo, y respiró con el ruido bronco de los truenos que le traían paz.
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© Myriam Sayalero
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