Icebergs

Sentada en la cama, la espalda recta apoyada en el cabecero de nogal que ella misma había lijado y barnizado, deslizaba el índice por vídeos de gente rescatando perros abandonados, profesores emocionados por cartas de sus alumnos, desconocidos pagando la compra a ancianos que no llegaban a fin de mes. Su rostro cansado sonreía.

A su lado él, su cuerpo abandonado entre las sábanas, la mirada clavada en peleas en supermercados, insultos en manifestaciones, gente destrozando coches por un partido de fútbol.

—El mundo es un lugar amable —susurró ella.

Él arrojó una risa dura y breve.

—Ese mundo no existe.

Ella le mostró a una mujer que abrazaba llorando al hombre que había encontrado a su perro.

—Claro que existe.

Él le mostró a un chico sangrando que grababa cómo otros dos le perseguían por la calle mientras se reían.

—Este es el mundo.

Ella enarboló el móvil.

—Hay millones de seguidores que ven lo mismo que yo.

—Y otros millones ven lo mismo que yo.

El bienestar digital cerró sus aplicaciones, dejando la habitación en una penumbra densa.

—Ves lo que quieres ver —dijo él invadiendo el colchón—. Te crees el mundo que te quieres creer. Somos icebergs a la deriva, nada más, capaces de sacar lo peor de nosotros en cuanto nos mueven el flequillo.

Ella se acomodó en el espacio que le quedaba.

—Me cuesta tanto creerte.

Él pegó su espalda al costado de ella.

—Lo que te cuesta es vivir en un mundo que no es como quieres.


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© Myriam Sayalero

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