Su frase favorita era Cada cosa en su sitio. Desde que descubrió que el orden le traía control absoluto sobre su vida, se aferró a él como un náufrago. Y fue la última noche, aquella última noche de caos y precipicio, cuando decidió tatuarse en el antebrazo Cada cosa en su sitio. La tatuadora le miró como miraba a quienes se grababan el rostro de su nuevo amor, convencida de que no tardando mucho se arrepentiría de esa decisión ebria e intempestiva.
Pero no fue así, porque en cada movimiento leía Cada cosa en su sitio, y le obligaba a vaciar su apartamento de cachivaches, a desprender el ruido adherido a cada hora del día y a despedirse de amistades que le desordenaban. En unos meses, los suficientes para que todo eso fuera irreversible, descubrió que poseía un espacio diáfano y luminoso que empezó a llenar de asombro.
Y ahora, que controlaba su vida y todo lo que había decidido meter en ella, que administraba su risa y su tristeza como si estuvieran esperando en un pastillero; ahora que todo estaba en su sitio, regalándole el orgullo del renacido, ahora que volvía de la oficina con la mente centrada en el aquí y ahora, un Cupra León se saltaba el semáforo para estamparse con él.
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© Myriam Sayalero
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