Olía a sudor y a ceniza, olía a calor. Y aunque ya no estaba en la zona de intervención, aún sentía el viento ardiéndole en la cara. Durante horas había respirado el aire rugoso y abrasador, pendiente de las llamas que saltaban unos metros más allá, de los compañeros que aparecían o se perdían entre la humareda negruzca y densa.
Antes de caer la noche los helicópteros soltaron sus últimas descargas de agua y se alejaron con su estruendo entrecortado. Rodeado por las pequeñas llamas que agonizaban sobre la tierra negra, sintió la lluvia sucia y pegajosa como una resurrección. Después llegaron los relevos.
Cargado de ceniza y barro, subió al camión y echó una última mirada. Desde la carretera, el incendio parecía un corro luminoso e inofensivo.
Cuando llegó al parque aún le dolía la garganta al tragar la arenilla que parecía llevar el agua. Soltó las botas al pie de la taquilla y al tercer intento se desabrochó el chaquetón. Aún retumbaba en su cabeza el chillido agudo de las sirenas rompiendo el aire gris.
Al quitarse la camiseta apareció una línea de piel entre la ceniza. Abrió la ducha y dejó que el agua limpia y tibia cayera sobre él antes de desaparecer en un río turbio hacia el desagüe.
Se vistió despacio, siguiendo un orden automático, cerró la taquilla y se ajustó por segunda vez los cordones.
—Nos vemos.
Levantó una mano blanda y desinteresada sin mirar al compañero.
No se dio cuenta de que hacía fresco, aunque al pulsar el mando del coche un inocente bip bip, casi infantil, le recordó qué debía hacer. Conducir hasta casa.
Antes de arrancar, el móvil vibró en su pantalón. «Compra detergente al volver.»
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© Myriam Sayalero
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