Hace mucho tiempo, un gigante sentado a los pies de su cama le aseguró que podía con todo. Se lo dijo una noche de tormenta en la que los truenos y los relámpagos incendiaban el cielo antes de empapar la tierra, las calles y las roderas. Fue una noche larga en la que escuchó los grandes secretos que la llevarían a la cumbre de la montaña que se pierde entre las nubes.
—Primero. No te quejes por cosas pequeñas.
—Segundo. Si pides ayuda, asegúrate de que realmente la necesitas.
—Tercero. Piensa en los demás.
—Y recuerda: Puedes con todo.
Aquellas palabras nutrieron su alma como la lluvia torrencial alimenta las raíces. Parecían formar parte de un hechizo que la mantuvo poderosa hasta que cumplió diecisiete años. A partir de ese día el peso de aquellos mandatos la hundió en la tierra impidiéndole avanzar.
Tras varios meses quieta, allí estaba, a punto de convertirse en árbol bajo cuyas ramas los demás pudieran reconfortarse. No se quejaba, pues no distinguía entre un infortunio grande y otro pequeño; tampoco pedía ayuda ni pensaba en ella misma, y, con la fe que mueve montañas, se agarraba a la convicción de que podía con todo.
Pasaban los meses y ella se secaba. ¿Sería esto lo suficientemente importante para quejarse? ¿Y para pedir ayuda? Estaba hueca. Más triste y cansada que nunca, vio la inmensa silueta del gigante, que se acercaba a ella.
—He hecho lo que me dijiste —se lamentó—, y mírame.
—Sí—reconoció él—, yo tampoco puedo con todo.
—Entonces, ¿por qué me aseguraste que yo sí?
—Hace mucho tiempo, una anciana me lo aseguró a mí.
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© Myriam Sayalero
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