A otra parte

Era tan cabezota que podría meter un elefante por el ojo de una aguja. Esa idea enraizó con tanta fuerza que convirtió su vida en una carrera de obstáculos. El más revelador llegó en la universidad. En esos largos años entendió que la resistencia era un tesoro tan poco común como el tiempo libre.

Como siempre se salía con la suya triunfó en una compañía aérea porque los demás se rendían antes que él. Además, descubrió el secreto placer que le otorgaba la derrota del otro y la admiración que producía.

Pero con el paso del tiempo los obstáculos dejaron de serlo, las victorias se fueron acumulando como medallas que se olvidan en un cajón. Todo aquello le proporcionaba un soberano aburrimiento.

Una idea solo desaparece cuando otra ocupa su lugar. Así que se preguntó si, en vez de resistir hasta la victoria, la diversión podría estar en otra parte.

Aquella cuestión sembró una duda que fue ocupando espacio, desmontando poco a poco el andamio que lo había llevado hasta el éxito vacío y frío en el que vivía. Esa duda brotó con fuerza durante una negociación con un hombre cuya obstinación reconoció como si se mirase en un espejo. Tras meses en un callejón sin salida, quiso volar en una de las avionetas que deseaba comprar.

Ahora está a 4.000 metros de altura, con el arnés ajustado y el fragor del motor acompasando sus latidos, sabe que no tiene sentido resistir. En los 50 segundos de caída libre solo siente el aire. Al llegar a tierra, mientras el paracaídas arropa el prado, ya sabe cómo hacer para que ninguno de los dos pierda.

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© Myriam Sayalero

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