Hay textos que a veces se quedan en pausa. Se dejan a un lado con la intención de retomarlos pronto, como si bastara con cerrar el documento para que todo permanezca en el mismo sitio. Y, en parte, es cierto.
La pausa no es un problema. Mientras no se escribe, el texto sigue trabajando en silencio. Se mueve, se ordena, encuentra su forma fuera de la página. Lo que parecía atascado se aclara con el tiempo, y cuando se vuelve a él, hay algo que ha avanzado sin haberlo tocado. La historia respira mejor, las decisiones se vuelven más evidentes, las palabras llegan solas.
Pero la pausa tiene un límite. Si no se regresa a él descubres algo peligroso: no pasa nada. El mundo sigue, los días se llenan de otras cosas, y aquello que parecía importante se diluye sin consecuencias visibles. Ahí está el riesgo.
Porque lo que empezó siendo una interrupción circunstancial puede convertirse en el hábito de dejar a medias. Y eso, justamente por no parecer un problema, lo acaba siendo.
Se escribe cuando se puede, pero también se termina cuando se debe. Volver a un texto no es solo una cuestión de tiempo, sino de decisión. De no permitir que la pausa se convierta en abandono. Porque un texto puede esperar; pero no indefinidamente.
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© Myriam Sayalero
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