Hay textos que nunca terminan. Se te quedan pegados entre los dedos y no hay forma de que comiencen su camino. Y no es él, eres tú.
El texto es independiente en cuanto tiene una estructura gramatical, y es autosuficiente en cuanto esa sucesión de frases tienen sentido propio. Entonces, dice la teoría, que el texto deja de ser tuyo para ser del que lee. Si el texto es bueno tendrá tantas vidas, tantas interpretaciones, como lectores; si no lo es, será un texto didáctico, estéril para la imaginación. Me refiero a un texto literario, por supuesto.
Y por qué no termina de echar a volar es cosa del que escribe, insatisfecho con un adjetivo, renegando con una coma que cambia el sentido, prisionero de un bucle del que se niega a salir hasta que ese texto, esa irrefrenable sucesión de letras, expresen el dolor, la felicidad, la pena, la ira, la duda, la inocencia o la maldad que sientes.
No caigas en la indulgencia de las prisas, que con tal de terminar dan el visto bueno a cualquier texto. Sé exigente con lo que estás creando, no para que sea perfecto, sino para que sea fiel.
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© Myriam Sayalero
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