Respirar

El agua ya no está tan fría, o sí, pero lleva diez minutos nadando y agradece no sentir calor. Aferrado al movimiento continuo, agita las piernas endurecidas, sus brazos hundiéndose y resurgiendo del mar. No lo ve, pero sabe que aún queda lejos el cabo, decenas de metros hasta llegar.

Una ligera tensión apenas le avisa cuando el gemelo se endurece, se encoge sobre sí mismo con un dolor que le roba el ritmo. Ahora avanza en brazadas retorcidas y caóticas. Está en aguas profundas, flotando en un temor desconocido.

Hay un cielo que antes no estaba, o sí, reflejos que ahora le parecen nuevos, siente su cuerpo oculto entre capas de agua. Se acuerda de respirar, se tiende y espera, bendecido por la quietud.

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