Escribir despacio

Escribir es una necesidad incómoda: quema por dentro, escuece y desazona, y solo se calma escribiendo. No estás bien si no escribes y, cuando terminas de escribir, te quedas en un lugar del que cuesta volver.

Hace falta estar presente, en soledad y silencio, sin opiniones ajenas, sin preguntas, ni siquiera una mirada reconfortante. Sobra todo. Solo quieres estar tú y tu imaginación, tú y tus ideas, tú y el texto.

No tiene que ver con un espacio físico, sino con un estado. Con un silencio en el que desaparecen las expectativas. Si lo consigues, ocurre algo extraordinario: te dejas llevar. Los dedos transcriben desde ese lugar al que has ido, donde solo está el pensamiento, y cuando terminas, algo exhausta, relees y piensas: dios, ¿quién ha escrito esto? Es la sensación real de haber estado en otro sitio mientras el texto se creaba.

Ese estado no admite prisa. No se puede convocar en una agenda ni forzarlo desde la obligación. Escribir despacio no es una elección estética: es la única manera de permitir que ese lugar exista.

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