El otoño llegó una mañana de martes, y ella decidió recibirlo como se recibe una visita que se presenta de pronto en casa tras días de espera. Abrió todas las ventanas para que la luz del sol rompiera el silencio de su casa dormida. El aire hizo bailar las cortinas, los faldones de la cama, las plumas de pavorreal. El bambú del techo improvisó un coro redondo, cálido y hueco que la hizo reír.
Descruzó los brazos, el roce suave de la manga la trajo aquí. Al azul marino de su chaqueta, a sus pantalones negros languideciendo sobre la puntera de los zapatos. Sonrió después de llenarse los pulmones de aire contando hasta seis. Y ese fue el día en que desvistió a la de siempre para ponerse ese vestido que la desnudaba.