Hay ruidos que no molestan cuando escribes: la música del vecino, el autobús frenando en la parada, el ronroneo del ascensor. Hay otros ruidos ensordecedores: gritarle a las palabras que se te escapan, dudar si el lector entenderá el matiz de una preposición, asustarte si un personaje crece demasiado. Es el ruido de la desconfianza.
Se instala entre una frase y la siguiente, congela el texto hasta paralizarlo. Ya no avanzas: compruebas. Ya no escribes: corriges. No te dejas llevar, la desconfianza te lleva a controlarlo todo.
Escribir en silencio es escribir sin juicios, sin sospechas, dejándose llevar por lo que está formándose. Cuando ese silencio aparece, te sueltas y el texto vuela. No pasa nada por equivocarse, avanza.
El ruido interior vuelve con facilidad. Basta una duda antes de tiempo. Hay que plantarse ante la necesidad de hacerlo bien demasiado pronto. Y confiar lo suficiente como para dejar que el texto aparezca antes de decidir qué es.

