Intermitente

Hacía tiempo que se había convertido en un fantasma. Lo supo el día que, en la reunión financiera, nadie observó que no votó ni a favor ni en contra de la propuesta del departamento de Marketing. Fue el resultado de una clara intención de ser invisible, que venía ensayando desde los doce años. Y ahora, por fin, se encontraba en ese punto en el que nadie se daba cuenta de si estaba o no. Además, las decisiones de la empresa en la que trabajaba apoyaban totalmente su determinación, pues ya no era su jefe, sino un parámetro quien medía su trabajo, y, gracias a la IA, ni siquiera necesitaba contestar al teléfono. Así que era un fantasma mudo, un hombre invisible que gozaba de total inmunidad. Tan transparente, que en las cenas de empresa los dardos de los francotiradores le traspasaban sin dolor.

Pero hoy hay un hombre en la mesa sentado a su lado que le mira con una pregunta, a la que asiente.

Mientras el Rueda se precipita en su copa, ese hombre roza su mano, volviéndola corpórea y táctil. Millones de terminaciones nerviosas lanzan un mensaje tan confuso como el intermitente de un coche que choca a 200 kilómetros por hora: quita la mano, déjala, quita la mano, déjala, quita la mano, déjala.

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© Myriam Sayalero

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