Desde que su vecino convenció a la comunidad de que una pista de pádel era más conveniente que un ascensor, el rencor la había atrapado como una araña. Cada vez le costaba más disimularlo, como el esfuerzo de subir las escaleras hasta su piso.
Ahora el golpeteo de la pelota y las risas en ese estúpido rectángulo se burlaban de todo lo que ella ya no podía hacer. Su vida sería menos miserable si tan solo subiera en ascensor. Cada vez era más difícil disimular la torpeza, que pronto sería un cartel señalándola, la impedida.
Los lunes eran el mejor día, porque el piano que se escapaba de la escuela de música llegaba hasta el portal, se colaba por las escaleras y aliviaba su dolor, transformándolo en un último empujón para llegar a casa. Ya en su butaca, soltando la fatiga que le había llevado hasta allí, volaba con Chopin, llegaba hasta su juventud, cuando interpretaba el nocturno que ahora sonaba, ensordeciendo su tristeza y menguando su rabia. Y pensó que ahora, que sus manos aún respondían, que sus dedos aún se movían al compás de la melodía, quizá podría regresar al piano antes de enfrentarse al reto cada vez mayor de escalar hasta su casa.
Así que al siguiente lunes entró, tan erguida como pudo, vistiendo de elegancia sus pasos lentos para evitar un traspiés. Sonaba Mozart y le pareció un buen augurio, hasta que el pianista se giró, apartando las manos del teclado, mientras su risa de pádel usurpaba la sala.
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© Myriam Sayalero
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