Hay quien camina buscando atención y hay quien huye de ella. Tantos años sirviendo en Horcher habían afinado su percepción de la gente. Están los ruidosos y los que se mimetizan con las sillas, silenciosos e inmóviles. Están los que mueven mesas, generan humo o perfume, incluso ambos, y hablan tan alto que invaden el salón. Están los que no tienen dinero y lo gastan, y viceversa.
De todas las categorías, ella era de los segundos. Además, la rodeaba una tristeza que parecía cristalizada con la misma lentitud que las cosas hermosas. Él, de tener la vida tan resuelta, de ser el marido de una mujer así, la colmaría de caprichos.
Allí estaba, sentada en la mesa once, ausente en la calle Serrano, extrañamente vacía a esas horas; sin tocar la copa de Perrier, liberando las burbujas, los hielos derritiéndose en un insípido vaso de agua sin más.
Cuando la mujer se marchó, recogió el billete que pagaba diez Perriers, y él sonrió amargamente.
Fue al colocar la silla cuando vio su Louis Vuitton mientras ella se alejaba.
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© Myriam Sayalero
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