No, pero bien

Cuando nos encontramos con alguien, casi siempre nos cuenta una retahíla de molestias que ocurren en su vida, el ajetreo de los niños, la enfermedad de un familiar, la incomodidad del transporte, el aburrimiento del trabajo… para acabar diciendo: “No, pero bien”. Otras veces, en las conversaciones ajenas tan indiscretas que sí o sí escuchas aunque no quieras, ocurre lo mismo. La lesión de la que no se recupera del todo, el contrato que se le termina, la adolescente impredecible… No, pero bien.

¿Dónde está ese bien? ¿No sería mejor desahogarnos, sin tener que acabar “No, pero bien”? Así nos resignamos a que las cosas no vayan como queremos. Sería mejor hablar de lo que nos agobia y luego decir lo que nos hacen sentir bien. Ese “No, pero bien” solo tiene sentido si contamos lo negativo y contamos lo positivo.

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