La rabia útil

A veces consigo que el mal humor me sirva de algo. Más que el mal humor, la rabia. El mal humor me hace refunfuñar y perder el tiempo, pero la rabia, oh, la rabia es deliciosamente eficaz.

Me sujeta a una cosa, toda mi mala hostia se concentra en un solo fin, en mi lista de trabajo, que ni siquiera necesito ver escrita. Estoy en absoluto modo monotarea. Hago una cosa, la termino, paso a la siguiente, y así hasta que acabo exhausta.

Soy como el corredor que consigue soltar su cabreo echándose diez, quince, veinte kilómetros a las piernas y dejar en ellos su testosterona, su bilis, su mala leche.

Me ocurre pocas veces, por suerte no soy mujer que ande con la rabia a cuestas, ni con el mal humor. De los dos, desde luego prefiero la primera. La identifico enseguida y no la pago con nadie, es una energía extra, un chute de adrenalina que liquida tareas como golpes de boxeador contra su saco. Las amenazas, las frustraciones, las tensiones, el estrés hacen saltar la alarma en un punto en la base del cerebro. El hipotálamo. De ahí a que toda mi rabia me convierta en una escritora eficaz, en una madre ejecutiva, en una gestora brillante pasan décimas de segundo.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que la rabia me alejaba del objetivo, de lo importante, y me arrastraba para hacer conmigo lo que quería. Hoy, que he terminado mucho antes de lo que pensaba todo lo que tenía por delante, me doy cuenta de que ha sido gracias a la rabia. Bueno, y a los años que me ha llevado aprender a usarla a mi favor.

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