Amor de Mym

Cuando mi hijo tenía cinco años, siempre que me veía pintarme las uñas a mí o a mis hijas, me pedía que se las pintara también. Se las pintaba, pero se lo quitaba si salíamos al parque o si iba a la escuela. ¿Me parecía mal que quisiera ir con las uñas pintadas? Claro que no. Era lo más normal. Pero no quería que sufriera ante las burlas de los demás.

Me piden en Kena un artículo sobre los niños trans, las familias trans, los matrimonios trans… Y me pregunto si hay niños trans, familias, matrimonios trans… Vuelve a mí la imagen de mi hijo con las uñas pintadas. Su diferencia. Hoy no lo haría ni por todas las horas de Minecraft del mundo, quizá le hayamos coartado en su libertad de expresión. Aunque, de no haberlo hecho nosotros, lo habrían hecho los demás, y de una forma mucho más dolorosa.

Los padres protegemos a nuestros hijos. Les queremos como son, trans o trons, nos da igual. Pero sufrimos solo de pensar lo que les tocará vivir por ser como sean. El amor de Madre, el amor de Padre, es la única semilla para que, ojalá nuestros nietos, dejen de preguntarse si son diferentes por ser trans o no, igual que ahora no se preguntan si son diferentes por ser zurdos o diestros.

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